Lunes 28 de enero de 2008 en el Acto del Día Internacional del Holocausto en el Auditorio de Banco Nación (Buenos Aires. Argentina)
63 ENEROS
ace 63 eneros, las tropas del ejército rojo ingresaban en Auschwitz y eran los primeros testigos directos (amen de víctimas y victimarios) de la expresión humana más macabra de la historia de la humanidad. Desde que el ser humano hace su aparición en la tierra, no se conoce evento más trágico y nefasto que la Shoah. Al presenciar este triste espectáculo, los ojos de los soldados rusos no podían creer lo que veían.
No eran unos jóvenes inexpertos los que ingresaron en Auschwitz, sino experimentados soldados que desde hacía más de cuatro años se enfrentaban a las tropas nazis en encarnizadas batallas en los lugares más inhóspitos de Europa. Pero el sufrimiento y el dolor que habían padecido no era nada en comparación con lo que en ese momento enfrentaban.
Cadáveres humanos apilados en montones, preservados por el frío del helado invierno polaco, parecían brotar de cada rincón del campo construyendo un inexplicable paisaje de muerte y desolación. Llantos, vómitos y desesperación se apoderaron de ellos.
Y no era que presenciaran todo el horror de la barbarie nazi, sino apenas los cuerpos de los que no habían alcanzado a ingresar en las cámaras de gas y crematorios. El espanto era causado solo por lo que había sobrado de la masacre. Más de un millón de Persons pasaron por ese infierno, y ellos se desesperaban al ver apenas los restos de tanto horror.
Nosotros, los que lo vivimos desde dentro, estábamos anestesiados. Ya no podía sorprendernos aquello con lo que convivimos tanto tiempo. Aquellos cuerpos consumidos por el hambre y las pestes eran apenas una extensión de lo que nuestros propios cuerpos habían experimentado. Apenas una extensión de lo que nuestros ojos habían visto.
A alguno le parecerá extraño, pero no todos los que se asoman al infierno de Auschwitz padecen la misma reacción que el campo despertó en sus libertadores. 63 eneros después, su recuerdo también parece causar indiferencia y peor aún, su negación.
No voy a dar nombres ni detalles. No importan las Persons sino los hechos. Los que niegan lo que yo viví, tienen la suerte de que no podrán jamás experimentar una sola de las sensaciones que yo padecí adentro del campo.
Yo ya tengo 63 años de experiencia conviviendo con los negadores. Y nada de lo que digan podrá hacerme callar.
Y no es que les tema. Solo me pregunto cómo es posible negar.
Cómo poder negar el grito desgarrador de padres e hijos separados definitivamente por la muerte a la entrada del campo de exterminio, conminados a las cámaras de gas sin ninguna contemplación.
Cómo poder negar la temerosa bala que atravesó mi cara rozando mi nariz para estrellarse en la frente del hombre parado a mi lado.
Cómo poder negar el millón y medio de niños que no conocieron la adultez por el solo hecho de haber nacido judíos.
Cómo poder negar el laboratorio del Dr. Menguele en el que ingresé por accidente, en donde no se conocían otros conejillos de indias que los seres humanos.
Cómo poder negar las mentiras con las que nos iban llevando hacia el campo de exterminio: “los llevamos a un campo de trabajo para alejarlos de conflicto”, “los llevamos a unas duchas para mantenerlos limpios” decía la misma persona que accionaba los controles de la cámara de gas.
Cómo poder negar los fusilamientos masivos de las einzatsgruppen, quienes obligaban a los mismos judíos a cavar las fosas adonde sus cuerpos caerían fulminados.
Cómo negar los ancianos apaleados y fusilados en los andenes solo porque sus cuerpos no tenían la fuerza suficiente para subirse a los vagones de la muerte.
Cómo negar la sistemática sustracción de identidades, familiares, ilusiones, culturas, lenguas, juventudes, miserias y esperanzas por millones.
Cómo negar la destrucción de comunidades, aldeas, ciudades, con sus colegios, sus sinagogas, sus negocios, sus fabricas, sus hospitales, sus parques y sus calles.
Cómo negar los cuerpos colgados junto a la barraca de aquellos que solo perseguían un sueño de libertad. Aquellos con los que nos tropezábamos cada día con la intención de disuadir cualquier intento de fuga o lo que es peor, alimentar la delación de compañeros y amigos.
Cómo negar el hambre al que nos sometían cada día con la intención de destruirnos moral y físicamente.
Cómo negar el olor a carne quemada que, corporizada en chimeneas de humo negro, brotaba de los crematorios recordándonos con dolor a nuestros padres, hijos, primos, hermanos y amigos que día a día perecían allí.
Cómo poder negar el destino trágico de mis padres, Rebecca y Abraham y de mis hermanas Rosa, Juana y Matilde.
Cómo poder negar.
Y por si a alguien le queda alguna duda, les cuento que todavía, a mis 82 años, aún resuena en mis oídos una voz, muchas voces. Las voces de aquellos moribundos que con su último aliento, apenas alcanzaban a decirme: “No te entregues David, no te entregues. Sobreviví, aunque más no sea para contarle al mundo el infierno que viste aquí. Que no quede impune esta tragedia. Que nunca olvide el hombre por qué acabaron con nuestras vidas”.
Cómo negar lo que mis ojos aún no olvidan, lo que mi piel todavía siente, el amargo sabor que en mi boca aún persiste, el insoportable olor que en mi nariz perdura y esa inconfundible voz de los moribundos que retumba en mis oídos y me hace recordar una vez más por qué estoy hoy aquí.
Recuerden siempre. Porque olvidar es Back to matar a los mártires de la Shoah.
Muchas gracias.
David Galante