9 de agosto de 2007 en el Acto de recordación y homenaje a los caidos en la Shoa de las comunidades de Rodas, Salónica y Cos en el Centro Comunitario Chalom Buenos Aires, Agrentina.
Bs. Aires, 9 de Agosto de 2007
Estoy otra vez acá, como cada año, recordando a los judíos de Rodas, Salónica y Cos asesinados en los campos de exterminio Nazis.
Hace 63 años nuestros hermanos entraban en las cámaras de gas y marcaban el momento más horrendo no solo de la historia de nuestro pueblo sino también de toda la humanidad.
Hoy me pregunto que hemos aprendido en estos 63 años.
Aprendimos que el silencio es el mejor amigo de la muerte y que nuestras voces deben hacerse oír allí en donde hagan falta para evitar que el terror y la violencia impongan su ley. Por eso sigo dando testimonio. Por eso sigo hablando cada vez que puedo.
Aprendimos que la memoria es un arma para mantenernos alertas y no descuidarnos. El recuerdo de lo que pasó es hoy nuestra manera de recordarle al mundo lo que sucedió y garantizar que no vuelva a suceder. Yo estoy aquí para recordar lo que mi cuerpo vivió.
Aprendimos que la justicia no tiene tiempo ni lugar. La justicia puede y debe llegar cuando sea necesario o cuando sea posible juzgar a los que perpetraron actos atroces contra la vida de nuestros hermanos. Los crímenes de lesa humanidad no deben quedar impunes nunca.
Aprendimos que todo “es esfuerzo”. Que nada nos ha resultado fácil. Ni siquiera los testimonios del horror han bastado por si mismos para demostrar lo sucedido. Hemos tenido que juntar las pruebas, brindar testimonio y corroborar lo que pasó en la Shoá todos los días de nuestra vida para que el mundo termine de convencerse de las dimensiones de la barbarie.
Aprendimos que la vida es el bien más preciado y que no hay motivo ni objetivo que justifique la pérdida de una vida inocente. Cada sobreviviente es testimonio del milagro de la vida, del milagro de la perseverancia, del milagro de la fe en el mañana. Y aun por eso debemos agradecer.
Estar todavía vivos es hacer realidad el milagro cotidiano de la vida.
Y yo estoy acá para testimoniar ese milagro.
Aprendimos que nunca es tarde para aceptar lo sucedido, para narrar lo que nos tocó vivir, para testimoniar lo que hemos padecido. La verdad es tan dolorosa como necesaria. Afrontarla aún con dolor pero con valentía es la misión más importante que tenemos aquellos que hemos sobrevivido al horror.
El día que nos liberaron, muchos pensaban que el mundo sentiría tanta vergüenza que nos pedirían perdón por lo que habíamos sufrido. Que suplicarían para que entendiéramos por que muchos habían actuado como actuaron. Más de 60 años después, todavía tenemos que seguir convenciendo al mundo de lo que sucedió. De lo que hemos padecido. De lo que han hecho con nuestras ciudades, con nuestras casas, con nuestras familias, con nuestros hermanos, padres, hijos, nietos. Intentaron destruir nuestra cultura y nuestra forma de vida para denigrarnos y degradarnos como Persons. Como puede alguien olvidarse de ello. Como puede todavía hoy haber gente en el mundo que dude del horror.
Por eso estoy hoy acá. Para recordarles todo lo que he aprendido en estos últimos 63 años. Y para decirles que seguiré aprendiendo, si ese aprendizaje me ayuda a seguir entendiendo al hombre y ese entendimiento nos ayuda a transmitir mejor nuestro mensaje.
Aprendamos entre todos que transmitir de generación en generación, lo sucedido con nuestros hermanos en los campos de exterminio, es sin lugar a dudas una de las tareas más importantes que podemos llevar adelante en nuestras vidas. A ello estoy dedicando hoy mi vida. Los invito a acompañarme en este noble y trascendental esfuerzo.
David Galante - B7328
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